viernes, junio 21

Ricky Rubio: Ricky Rubio, excepcional normalidad | Baloncesto | Deportes

Ricky Rubio ante los Milwaukee Bucks, en un partido del curso pasado.Benny Sieu (USA TODAY Sports)

Trece años después de su aterrizaje, Ricky Rubio ha bajado la persiana de la NBA. Y lo ha hecho público con una nota donde se aúnan agradecimientos, petición de respeto a su privacidad y alguna explicación, escueta pero suficiente para entrever el durísimo proceso en el que se encuentra. También tiene hueco en su mensaje un optimismo no solo centrado en la superación de su problemática sino en la ayuda que pueda ofrecer en el futuro a otras personas en situación parecida.

El impacto de la noticia no reside en lo deportivo. Su última grave lesión y todo lo ocurrido en los últimos meses hacía presagiar que tarde o temprano llegaría la confirmación oficial del cierre de actividades norteamericanas. El interés y seguimiento producido tiene más que ver con el hecho de que Ricky es uno de esos deportistas que logran establecer una conexión con el aficionado que trasciende a las pistas, va más allá de escudos o colores y provoca un incondicional acompañamiento emocional.

Así ha sido desde el principio de su carrera, precoz como ninguna. No hacía falta ser un experto para intuir que aquel chaval de 14 años era especial, por lo que hacía y por cómo lo hacía. En esas estábamos cuando llegó la mítica final olímpica de Pekín frente a EEUU, donde con 17 primaveras hizo un partido para enmarcar, lo que nos hizo conscientes de dos cosas. Una, su descomunal talento. Dos, que su patio de juego iba a ser allende los mares.

Ambas intuiciones se confirmaron sobradamente a lo largo de los años. Barcelona, Badalona, Minesota, Utah, Phoenix y Cleveland, unos en mayor medida que otros, han disfrutado de su singular juego. Lo mismo se puede decir de la selección, plagada de éxitos sobre los que destaca el imborrable y eterno Mundial de China, cenit de su impacto y jerarquía.

Pero por encima de logros y galardones, hay algo que conviene resaltar y que explica el enorme cariño y empatía que despierta. La capacidad que ha tenido para mantener la normalidad en su excepcionalidad. Muchas veces asociamos al deportista con poderes casi de superhéroes, con vidas y circunstancias muy especiales y poseedores de valores de difícil alcance para el resto de los humanos. Ricky nos recuerda que si bien es verdad que la vida de un atleta de élite tiene circunstancias especiales, esto no les convierte en invulnerables a debilidades o desgracias, ya sean en forma de lesiones importantes, fallecimientos de seres queridos, traspasos no deseados o problemas de salud mental. A todo esto, se ha enfrentado Ricky con sensatez, sin miedos ni más silencios de los necesarios, sin palabras huecas cuando alza la voz, dando siempre el valor correcto a los diferentes avatares por los que ha atravesado, evitando el victimismo, intentando sacar alguna lección positiva incluso a la negrura.

Poco sabemos del futuro de Ricky. Podría terminar su carrera vestido de corto (azulgrana, verdinegro, vete tú a saber) o puede que no le volvamos a ver en una pista, la opción menos deseable. Pero pase lo que pase, nos tendrá a su lado, acompañando y disfrutando de la extraordinaria normalidad de un deportista singular.

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