jueves, mayo 23

Pogacar, a punto de reventar la primera llegada para los velocistas | Ciclismo | Deportes

El libro de ruta del Giro se llama Garibaldi, como la taberna de Pablo Iglesias en Lavapiés, porque el revolucionario italiano fue, además de muchas cosas más, un viajero impenitente y la publicación que edita cada año la carrera rosa no es sino un compendio de rutas actuales y de hazañas del pasado; datos, números, ciudades y mitos de la bicicleta, como Eddy Merckx, que, en 1968, en su primera vez en el Giro, estrenó su maglia rosa en Novara. Ganó la segunda jornada, que acababa allí, y al día siguiente salió con la túnica de líder, que cedió dos días después para recuperarla la última semana, en las Tres Cimas del Lavaredo y ganar en su primera participación.

Tadej Pogacar tiene dos años más que Merckx cuando consiguió su hazaña, pero también el tercer día del Giro salió vestido de rosa en Novara, en una etapa prevista para los llegadores, o los cazadores de fugas, pero quizás porque empezar con un final en alto el segundo día atemperó los impulsos de los valientes, no se atrevieron a desgastar las fuerzas ya desgastadas el domingo.

No consentían los equipos de los principales, y así es muy difícil. Solo a 78 kilómetros, muy lejos para la meta, hubo escaramuzas que rompieron la siesta del pelotón, para pelear por los puntos que otorgan la maglia fucsia de la regularidad, ciclamino en el lenguaje del Giro con el que se escribe el Garibaldi, y se provocó un corte leve, que llegó al minuto, pero que enseguida se restañó por las ganas de los de detrás y la desgana de los de delante.

Pogacar, vestido de rosa, circulaba siempre en la parte alta del grupo, como corresponde a sus galones, rodeado de su guardia de corps, y lo cómodo que se puede viajar en un pelotón que iba adquiriendo velocidad según disminuía las distancia a la meta. Pasaban monótonos los kilómetros, por los paisajes verdes del Piamonte, salpicados aquí y allá por torres y castillos de la guerrera Italia cuando no era el país que Garibaldi, entre otros, ayudó a unificar, sino una sucesión de estados en permanente estado de ebullición. Como Pogacar, incapaz de estarse quieto, y que, como decían de Merckx, se activa cuando ve al fondo cualquier pancarta, sea de una meta volante –expresión en desuso en los tiempos modernos del ciclismo–, del premio de la montaña, de la meta, o de las fiestas del pueblo por las que transcurre la carrera.

Él le pone sazón a una etapa sosa, primero en el esprint especial de Cherasco, donde se lanza a disputar la bonificación de tres segundos, tal vez solo por comerles la moral a los pretendientes a su trono. Fue segundo, limó dos. Era el aperitivo, quedaba el plato principal en Fossano, la ciudad de 25.000 habitantes y trece iglesias, instalada en una meseta, con las calles trazadas en cuadrícula, y desde la que, en días claros, se pueden observar al fondo las cimas nevadas de los Alpes suizos.

Al pueblo se sube por una cuesta de kilómetro y medio, con una curva cerrada en la mitad. Los llegadores se relamen en un terreno no demasiado duro para sus piernas, y no demasiado largo para las sorpresas, pero resulta que al danés Mikkel Honoré, no se le ocurre otra cosa que clavarle el aguijón a Pogacar, al que no le hace falta más que sentir el pinchazo para lanzarse hacia la meta. Quedan tres kilómetros y solo el instigador y el siempre atento Geraint Thomas, le pueden seguir, mientras entre los chicos veloces que esperaban su momento, se extiende el desconcierto. Otra vez, Pogacar provoca el caos. Quedan dos kilómetros, Honoré claudica exhausto y los dos primeros de la general se relevan para llegar a la meta y dar la sorpresa, si es que se puede utilizar alguna vez esa palabra con Pogacar.

La caza por detrás adquiere tintes de desenfreno; en el pelotón cada cual hace la guerra por su cuenta. Durante un tiempo, parece que la aventura exprés de Pogacar y Thomas va a acabar bien, pero por fin se organizan detrás, y a 300 metros, claudican los dos hombres más fuertes del Giro, engullidos por la voracidad de los llegadores. En la meta gana el belga Tim Merlier, pero el MVP vuelve a ser Pogacar, ¿quién si no? “Pensaba que no les alcanzábamos”, dice el ganador sobre el líder. Todos dudan cuando el fenómeno decide actuar como Eddy Merckx.

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