viernes, junio 21

Nueva etapa de negociación en Venezuela: Maduro da un paso adelante | Internacional

El canal de negociación entre la Administración de Joe Biden y la de Nicolás Maduro ha avanzado en las últimas semanas. Cabe la posibilidad de que haya más progreso entre ellos, si Maduro cumple con hacer modestas concesiones a la oposición venezolana mientras se beneficia de una flexibilización de las sanciones sectoriales impuestas a la industria petrolera por Estados Unidos.

El pasado 5 de octubre los Gobiernos de ambos países informaron de que llegaron a un acuerdo para la deportación directa de venezolanos que ingresen ilegalmente a territorio estadounidense.

Posteriormente, se conoció que por intermediación de Estados Unidos, el Gobierno de Maduro y la Plataforma Unitaria se preparan para reactivar la mesa de negociación de México con una agenda enfocada en el proceso electoral. De igual manera, el dirigente bolivariano se habría comprometido a excarcelar a unos 100 presos políticos.

La oposición venezolana llega a este momento en condiciones de debilidad. Aún no ha construido una estrategia unitaria para derrotar a Maduro, pero también el contexto internacional ha cambiado. De una comunidad internacional ansiosa por apoyar la reconstrucción de la democracia venezolana se ha pasado a un clima de normalización del autoritarismo, debido al fracaso del cerco diplomático, entre otras razones.

Tanto la Unión Europea como Estados Unidos buscan reconstruir sus relaciones con Venezuela y esto pasa por darle algo de legitimidad al Gobierno de Maduro, a quien no reconocen como presidente desde su reelección en mayo de 2018.

Héctor Briceño, académico de la universidad de Rostock, explica que hay un consenso alrededor de la ruta electoral como escenario idóneo para resolver la crisis venezolana y un interés de Estados Unidos y de la Unión Europea por mejorar las relaciones con Maduro debido al contexto global del mercado energético y porque los países están atendiendo las consecuencias de la crisis venezolana en sus propios territorios. Un ejemplo de esto es el flujo de migrantes.

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Aunque los avances en esta normalización han sido leves, se ve una constante desde que en marzo de 2022 una delegación de alto nivel, encabezada por Juan González, asistente especial del presidente Biden y director principal del Consejo Nacional de Seguridad para el Hemisferio Occidental, se reunió en Caracas con Maduro y su equipo.

Desde ese momento hasta ahora ha habido gestos de entendimiento como un intercambio de prisioneros, permisos para que la petrolera Chevron opere con menos trabas, levantamiento de sanciones a un familiar de la esposa de Maduro, un encuentro este año en Qatar y el reciente acuerdo para la deportación de venezolanos desde territorio norteamericano.

Además, en julio pasado se informó de que la UE y Venezuela exploraban un acuerdo por 1.500 millones de dólares para capturar las emisiones de metano del país sudamericano y exportarlas hacia países de la UE, con la ayuda de Eni Spa y Repsol. Esto solo es posible debido a que mejoraron las condiciones con EE UU.

Para seguir por ese camino Maduro no tiene realmente que hacer grandes concesiones. Lo que ofrece es no avanzar hacia un peor escenario en el que su Gobierno autoritario se parezca más a Nicaragua. De hecho, en este momento el Ejecutivo de Maduro y la élite empresarial venezolana viven una suerte de luna de miel.

La oposición venezolana, organizada en la Plataforma Unitaria, es este momento como el mirón de palo. Por una parte los gobiernos de Maduro y Biden están dialogando según sus propios intereses. Maduro necesita ganar reconocimiento internacional, requiere recursos para el gasto público y mejorar las condiciones de vida de los venezolanos. De esta manera cohesionar a sus electores. Biden va enfilado hacia su campaña de reelección. Además del aspecto global del mercado de combustibles, su política migratoria errática va a ser una de las debilidades a ser aprovechadas por sus adversarios. A eso se le suma la baja que significa las acusaciones contra el senador Bob Menéndez por presuntos sobornos y corrupción.

De otro lado, faltan por verse las consecuencias del retiro Henrique Capriles Radonski de las elecciones primarias, justo en la recta final de este proceso cuyo día D será el 22 de octubre. El excandidato argumenta que al estar inhabilitado se dificulta la posibilidad de avanzar hacia una estrategia de cambio real en el país. Al igual que él, la favorita para ganar la contienda interna, María Corina Machado, también está inhabilitada.

Esto lleva a la oposición a atender dos crisis al mismo tiempo. Es decir, avanzar en un acto puntual con el Gobierno de Maduro para alcanzar garantías electorales mínimas y a la vez lidiar con la salida de Capriles Radonski de la carrera.

No obstante, la oportunidad de un cambio está allí. Para aprovecharla haría falta mucho genio político. Los actores políticos de la oposición, sobre todo los partidos mayoritarios o más influyentes, tienen que buscar la fórmula para navegar hasta la realización de unas elecciones presidenciales con una verdadera opción de triunfo. La construcción de ese camino es todo un desafío.

La última vez que la oposición venezolana logró una gran victoria electoral fue en 2015, cuando arrasó en las elecciones parlamentarias y obtuvo la mayoría calificada de dos tercios. Ese triunfo fue rápidamente neutralizado por el Gobierno de Maduro, que frenó la incorporación de tres diputados opositores, señalando un presunto fraude que nunca fue probado y mucho menos subsanado. Después la oposición inició un recorrido que llevó al establecimiento del llamado gobierno interino y al desconocimiento de Maduro por parte de más de 60 países.

De las muchas lecciones de aquella experiencia dos son fundamentales para cualquier intento en los próximos eventos: primero, la unidad es fundamental en la estrategia opositora electoral; y el segundo es un recordatorio, que el chavismo, cuando ve amenazada su supervivencia, puede hacer cualquier cosa para torcer la decisión de la mayoría.

Para Héctor Briceño hay indicios de que se están reconstruyendo unas bases en la relación bilateral de EE UU y Venezuela. Y en caso de que Maduro repita en 2024 un escenario electoral de mínimas condiciones, como el de 2018, eso sería suficiente para que la comunidad internacional mirase hacia otro lado con tal de normalizar la situación.

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