jueves, mayo 23

Mutua Madrid Open 2024: La WTA homenajea a Garbiñe Muguruza | Tenis | Deportes

La Caja Mágica no es un lugar que traiga excesivos buenos recuerdos a Garbiñe Muguruza, que antes de hacer entrega del trofeo de campeona a la ganadora de este año en Madrid —al final, la polaca Iga Swiatek—, habla con su habitual expresividad: “¡Buf! Cada vez que venía aquí, no sé qué pasaba, pero, ¡buf!, me ponía supernerviosa, ¡la verdad!”. El caso es que esta ocasión es diferente. Ya no es tenista profesional —dejó de serlo oficialmente el 20 de abril, cuando anunció su retirada en el marco de los Premios Laureus después de un paréntesis voluntario de un año— y disfruta felizmente de la nueva vida junto a su pareja, Arthur, que le acompaña en la visita al barrio de San Fermín. Sonríe Garbi, saborea la decisión. Saber irse, qué importante. Mejor ahora, a los 30 años y sin resquemores, en paz consigo misma, que tarde y mal. Atrás queda ya la raqueta y asoman nuevos proyectos, aunque de una forma u otra, estará siempre ligada a su deporte.

Ganadora de dos grandes (Roland Garros 2016 y Wimbledon 2017), la Copa de Maestras (2021) y en su día número uno (2017), Muguruza ha dejado un hermoso recuerdo entre sus compañeras y compañeros por su tenis arrebatador, imparable cuando alcanzaba el punto de ebullición. Si así era, no había vuelta atrás. “Está enchufada”, advertían. Y zasca: historia. “Cuando yo tenía 16 años, ella era la mejor del mundo. Marcó una época, su estilo de juego empezó a ser muy moderno y agresivo. Es una pena porque es joven, pero si es lo que quería, me alegro por ella”, concedía hace unos días Paula Badosa. “Tenía la capacidad de jugar un gran tenis en cualquier momento, aunque la semana anterior hubiera perdido en la primera ronda”, agregaba la estadounidense Coco Gauff. “Era una jugadora increíble. Apasionada, bella, fuerte, luchadora”, prolongaba la bielorrusa Aryna Sabalenka, superada este sábado por Swiatek en la final más larga en la historia del torneo (7-5, 4-6 y 7-6(7), tras 3h 11m).

La número uno, por fin, se condecora en la Caja Mágica, que al irrumpir Muguruza en el palco de personalidades y después del partido en la pista, para agasajar a la polaca, aplaude con fuerza. Ahí que va Garbiñe, Miss Muguruza, la chica que derribó a las Williams y tomó el templo de los ingleses, que se esforzaban en la pronunciación y no había manera: Garbine. Sin ñ. Hasta para eso fue diferente. Pierde el tenis femenino uno de sus grandes activos de la última década y de ahí el reconocimiento. Se produce este en el área reservada para los jugadores, en la intimidad, cálido, discreto, con una representación de la WTA —el organismo que gobierna el circuito— y un breve repaso a los episodios que muestra el cuadro que le entregan, además de un obsequio. Ya no pelotea Muguruza, que hace algunos pinitos como comentarista —“en Twitch, porque es más informal y me siento más cómoda”—, se relaja y, sobre todo, irradia felicidad.

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