viernes, junio 21

El BCE receta dolor | Economía

La vicepresidenta primera y ministra de Asuntos Económicos, Nadia Calviño, recibe a la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, antes de la reunión del Eurogrupo en Santiago de Compostela este viernes.Lavandeira (EFE)

El “sentimiento del mercado” es uno de los grandes sintagmas de la modernidad. Los mercados sienten que la recesión europea se avecina: el tipo de cambio del euro cae un 5% desde julio, los tipos de interés de la deuda pública van hacia abajo; el dinero siempre es miedoso. Las empresas también empiezan a percibir que vienen curvas: el incremento de los sueldos se desacelera en la zona euro, a pesar de que hay varios países con el paro en mínimos históricos. Esas curvas en forma de recesión tienen múltiples causas; en economía eso es una perogrullada, todo es multicausal. Entre las principales podríamos citar las geopolíticas, con una guerra en el vecindario que tira hacia arriba los precios de las materias primas, y con una potencia emergente, China, gesticulando para quitarle protagonismo a la potencia declinante, Estados Unidos. O las cicatrices de la pandemia en el espacio fiscal de medio mundo, o las dificultades de la cadena de suministro, o el shock combinado de la revolución tecnológica y la medioambiental; la lista es casi infinita.

En Europa hay una razón adicional, las maniobras de un Banco Central Europeo (BCE) desnortado desde la marcha de Mario Draghi. Su sustituta, Christine Lagarde, acumula una larga lista de patinazos, incluso de comunicación, que según sus defensores era su principal activo cuando llegó a ese cargo sin ninguna experiencia en las procelosas aguas de la política monetaria. No es la única. Su número dos, Luis de Guindos, pasó directamente del Ministerio de Economía del Gobierno de Rajoy a ese cruce entre el Hogwarts de Harry Potter, la Estrella de la muerte y el despacho de Scrooge del Cuento de Navidad de Dickens que es la sede del BCE en Fráncfort. Lagarde ha vuelto a subir los tipos de interés cuando no era necesario: sus propias previsiones anticipan una caída de la inflación en el tramo final de 2023 y el próximo año. Su mandato, ese célebre objetivo de inflación “por debajo, pero cerca del 2%” solo puede alcanzarse con rigor, nos dicen los halcones que ahora mismo dominan el BCE.

El riesgo es que tanto rigor acabe convertido en rigor mortis. No hay muchas formas de atajar la inflación por parte de un banco central más allá de subir los tipos y sentarse a ver cómo los agentes económicos se ven obligados a bajar los sueldos y moderar los precios porque la economía se enfría hasta la tiritona. Eso puede provocar una desaceleración. Y en el peor de los casos una recesión. Vamos en esa dirección, generar un poco de dolor económico para embridar las fuerzas del mercado en forma de precios y salarios.

El BCE olvida algunas cosas con esa querencia por el dolor: que la eurozona acumula dos crisis mayores en los últimos 15 años, y que la pérdida de poder adquisitivo de las clases medias está sacando del armario algunos demonios del pasado; el malestar está ahí, y va dando sustos a cada tanto. Olvida también que además de la política monetaria hay otro tipo de políticas para luchar contra la inflación, como demuestra, por cierto, el caso español. Y que la diferencia entre una buena política y una política mediocre depende de la credibilidad de las instituciones, no de seguir al pie de la letra un puñado de reglas escritas en bronce hace unas cuantas décadas para un mundo que ya no existe. La sacrosanta regla de mantener el objetivo de precios en el 2% es más que discutible, las mejores cabezas de la economía hace años que apuntan hacia el 3%, incluso hacia el 4% para ensanchar el margen de actuación de los propios bancos centrales. Y aplicar a rajatabla el librillo antiinflacionista es igualmente absurdo: tanto que en el propio mandato del BCE queda claro que el Eurobanco tiene que lidiar también con la estabilidad financiera, y de forma más difusa con el paro y la situación económica.

El BCE se diseñó a imagen y semejanza del Bundesbank, y en la mentalidad económica alemana la inflación es el peor de los diablos, de la misma manera que la peor pesadilla de EE UU es la depresión. Lagarde ha sacado el martillo y ve clavos por todos lados, pero lo que tiene delante de sus narices es una estanflación —estancamiento con inflación— y eso no se arregla subiendo tipos como si no hubiera un mañana. La economía es una caja de herramientas con diversas opciones. Esta vez bastaba con mantener los tipos en una meseta durante un tiempo, pero el BCE ha optado por subir listón del dolor en aras de la supuesta ortodoxia. Manca finezza; en los puestos de mando del banco central hay más expolíticos preocupados por su reputación que banqueros centrales con el visor en la estabilidad de la eurozona. Van 10 subidas desde mediados de 2022; la última, innecesaria y más que discutible. No hemos visto aún todos los efectos de esa escalada. Esas cosas llevan su tiempo. Pero el dolor está asegurado, vamos de cabeza hacia las rocas de la recesión. Felicidades a los premiados.

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