lunes, abril 22

Chloe Dygert, campeona de nuevo tres años después de destrozarse la rodilla | Deportes

Todo era perfecto en la vida de Chloe Dygert, la ciclista más joven en lucir un jersey arcoíris de contrarreloj. En 2019, por la campiña de Yorkshire, por el empedrado de Harrogate, la ciudad que de repente fue el centro mundial del ciclismo como lo había sido años antes del Festival de Eurovisión, la corredora estadounidense fue la más rápida. Voló para conseguir el oro.

Tenía 23 años y un gran porvenir por delante, pero doce meses más tarde, en Imola, la desgracia se cruzó por delante de su bicicleta. Otra vez el Mundial, de nuevo favorita. Agarrada al manillar de triatlón tomó una curva muy rápida, demasiado, no pudo rectificar y cayó sobre su costado izquierdo, encima del quitamiedos metálico que le segó la rodilla como un machete de carnicero. La adrenalina le ocultó el dolor, quiso regresar a la carrera, pero se miró la pierna, casi colgando. Las imágenes de televisión provocaban escalofríos. La camilla, la ambulancia, el hospital, la operación de urgencia y un largo proceso de recuperación. Durante catorce meses se alejó de las carreteras, por la lesión de la rodilla y otros problemas de salud: el virus de Epstein-Barr y una cirugía cardiaca a la que tuvo que someterse por un problema de taquicardia.

Ya nada iba a ser como antes, o eso parecía cuando regresó en mayo. “Creo que esta lesión me acompañará el resto de mi vida”, comentaba a principios de temporada. “El flujo sanguíneo no es normal ni volverá a ser el mismo”, desvelaba, “pero no puedo quejarme porque puedo competir y rendir. Es una bendición estar de vuelta y no me voy a quejar, así son las cosas y así van a ser, y no pasa nada”.

Positiva en la desgracia, pero pesimista el miércoles, la víspera de la crono de Glasgow, porque un fuerte resfriado le impedía respirar con normalidad. Su voz se convertía en un hilo. “No sabía si iba a salir”, confesaba. Pero salió, bastante pronto para ser una campeona del Mundo, porque desde su accidente en Imola los ránkings le han relegado. Llegó a la meta este jueves y su tiempo mejoraba con mucho los que habían conseguido sus predecesoras. Solo en el último kilómetro, en el empedrado de Broad Street y el exigente Castle Wind camino del castillo de Stirling, aflojó un tanto su marcha aunque con una media de 46,2 km/h. Le tocaba esperar en la silla caliente, con el teléfono en la mano, pendiente de los registros de sus competidoras.

Pero nadie estuvo a su altura. La favorita, Marlen Reusser, se bajó de la bicicleta antes del segundo punto de control. Negaba con la cabeza antes de dejar de pedalear y sentarse en la hierba con la mirada perdida. No iba. La caída de la contrarreloj mixta le pasaba factura en el peor momento, y dejaba el campo libre a Dygert, que desde su silla veía cómo sus acompañantes del podio iban cambiando mientras ella permanecía inamovible en el trono.

Solo la australiana Grace Brown comenzó a inquietarla según pasaban los 36 kilómetros de la carrera. Se quedó a medio minuto en el primer control horario, bajó a veinte en el segundo y cuando llegó a las puertas del castillo, le faltaron seis para asaltar el primer puesto. Se quedó con las ganas. “Se me hicieron muy largos los últimos 16 kilómetros”, apuntaba Dygert. “Después de cierto punto, no recuperaba la respiración y comenzó la fatiga. Hice todo lo que puede para llegar a la meta, tengo suerte de que fuera suficiente”.

Fue tercera la sorprendente austríaca Christina Schweineberger, que no entraba en las quinielas pero se coló en el Olimpo, junto a Brown y Dygert, otra vez vestida con los colores del arco iris. “No tengo palabras, han sido tres años muy largos”.

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