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Impulso Competitivo: La Perspectiva de Raúl Valladares sobre Digitalización Pública

Raúl Valladares Pavón
Contenido
  1. El reflejo de los logros destacados: una infraestructura que opera sin hacerse notar, pero cuyos efectos brillan con claridad
  2. De la promesa al método: los pilares que se repiten cuando funciona
  3. ¿De qué manera podría esto ponerse en práctica en cualquier país?
  4. Una conclusión alentadora aunque prudente

En los últimos años, la digitalización del sector público dejó de ser un tema de modernización estética y se convirtió en una discusión de competitividad, confianza y calidad de vida. Cuando un Estado se digitaliza bien, el resultado no es un portal nuevo: es una administración que ahorra tiempo, reduce costos invisibles, mejora la transparencia y hace más fácil emprender, estudiar, invertir o simplemente resolver lo cotidiano.

Para adentrarse en esa evolución que va de lo superficial a lo estructural, Raúl Valladares Pavón, consultor especializado en comunicación y gestión reputacional con trayectoria en iniciativas corporativas y del sector público, detalla qué factores permiten que un Estado digital opere correctamente, qué enseñanzas dejan los casos exitosos y de qué manera ese enfoque podría trasladarse a cualquier administración pública.

“Digitalizar no es colgar formularios. Es rediseñar el servicio con una obsesión: que el ciudadano sienta que el Estado le devuelve tiempo”, dice en esta entrevista Raúl Valladares.

El reflejo de los logros destacados: una infraestructura que opera sin hacerse notar, pero cuyos efectos brillan con claridad

El caso más mencionado es el de Estonia, habitualmente señalado como modelo gracias a la creación de una arquitectura estatal interoperable: entidades que intercambian información de manera confiable sin exigir a la población repetir constantes datos. En el centro del esquema estonio suele destacarse una capa de intercambio de información (X-Road), descrita como un mecanismo protegido que enlaza plataformas públicas y privadas para enviar y recibir datos. 

A esa lógica se le asocia el “once-only principle”: el principio de “una sola vez”, según el cual ciudadanos y empresas deberían entregar ciertos datos estándar a la administración una única vez, para que luego puedan reutilizarse entre entidades con garantías adecuadas.

Ese planteamiento se ha destacado en foros internacionales dedicados al gobierno digital, incluido el marco comparativo difundido por la United Nations sobre el avance del gobierno digital, donde se mencionan naciones que encabezan el ranking más reciente, como Dinamarca, Estonia y Singapur. 

Más cerca cultural y regionalmente, Uruguay suele aparecer como ejemplo de continuidad institucional y política pública sostenida, con estrategias de gobierno digital que buscan fortalecer la relación entre ciudadanía y Estado y avanzar en transformación digital. 

“Los países que lo hicieron bien entendieron algo simple: la transformación digital no es una colección de proyectos, es una arquitectura. La tecnología importa, pero lo decisivo es el diseño del sistema y la disciplina para sostenerlo”, plantea Valladares Pavón en esta entrevista.

De la promesa al método: los pilares que se repiten cuando funciona

En la mayoría de los casos de referencia, suelen presentarse componentes similares, aun cuando se denominen de manera diferente:

1) Identidad digital y firma segura

Sin una forma robusta de identificar a la persona (o a la empresa) en línea -y de firmar trámites con validez- lo digital se queda a medias: obliga a volver al papel o a la presencialidad para “confirmar”.

2) Interoperabilidad: lograr que el Estado deje de operar como islas

La interoperabilidad marca el contraste entre un portal que solo “admite trámites” y un Estado que realmente “soluciona”. Cuando las instituciones no intercambian información de forma segura, el ciudadano acaba convertido en mensajero del propio Estado, trasladando certificados, copias y constancias de una ventanilla a otra.

“Cuando un gobierno realmente se digitaliza, los datos se desplazan y la persona deja de ir de un lado a otro”, señala el entrevistado. “La situación ideal es que el ciudadano no tenga que probarle al Estado aquello que el propio Estado ya conoce.”

3) Norma de aplicación única

La reducción de fricción no depende de añadir más pantallas, sino de evitar repetir información. El principio once-only pasó a ser un criterio útil para evaluar la modernización: ¿cuántas veces solicitan exactamente lo mismo?

4) Servicios planteados como “digital-by-default”, acompañados de alternativas inclusivas

Lo digital como vía principal, pero no como vía excluyente. Los Estados que avanzan suelen mantener acompañamiento presencial, asistencia telefónica y canales accesibles, especialmente para quienes tienen barreras de conectividad, edad o alfabetización digital.

5) Seguridad, privacidad y resiliencia como condiciones, no como “parches”

Un Estado digital sin ciberseguridad es un riesgo sistémico; sin protección de datos, es un generador de desconfianza. Por eso los modelos consolidados hablan de confianza digital como infraestructura. En el caso estonio, por ejemplo, el discurso público de e-gobernanza incorpora la idea de reutilización segura de datos y pasos hacia servicios proactivos. 

¿De qué manera podría esto ponerse en práctica en cualquier país?

La respuesta más efectiva rara vez es grandilocuente; suele ser práctica y directa: no consiste en “digitalizarlo todo”, sino en seleccionar un conjunto reducido de acciones de gran impacto, ejecutarlas con excelencia y luego ampliarlas.

En la entrevista, Valladares Pavón lo describe así:

“Yo no empezaría por lo más complejo, sino por lo más doloroso y frecuente. Si resuelves bien tres o cuatro trámites masivos, construyes confianza. Y con confianza, el resto se acelera.”

Un método que pueda reproducirse en cualquier Estado generalmente contempla lo siguiente:

  • Un catálogo priorizado de servicios (los más usados, los más costosos en tiempo, los que más fricción generan a empresas y ciudadanos).
  • Un modelo de datos e interoperabilidad con reglas claras: qué se comparte, con qué consentimiento, con qué trazabilidad.
  • Un tablero de métricas públicas: tiempos promedio, tasa de resolución, tasas de error, número de visitas presenciales evitadas, satisfacción del usuario.
  • Un marco de gobernanza que sobreviva a los ciclos políticos: estándares, compras tecnológicas, ciberseguridad, talento digital.

“Lo fundamental es que la digitalización cuente con una guía clara basada en el servicio y la confianza. Cuando la ciudadanía percibe transparencia, seguimiento preciso y agilidad, surge legitimidad. Y al consolidarse esa legitimidad, resulta posible solicitar nuevas transformaciones”, añade.

El beneficio más pasado por alto: una transparencia concebida desde el inicio

Además de agilizar las gestiones, un Estado digital bien concebido suele limitar la discrecionalidad, ya que al quedar documentados los procedimientos, las decisiones pueden auditarse y cualquier excepción se vuelve más evidente, y aunque esa trazabilidad no reemplaza el control institucional, sí lo vuelve más sencillo.

En palabras del entrevistado: “La transparencia no es un comunicado: es un sistema donde cada paso deja huella. Y donde el ciudadano puede ver el estado de su trámite sin depender del favor, del contacto o de la informalidad.”

Una conclusión alentadora aunque prudente

La digitalización pública no es un lujo tecnológico: es una forma de eficiencia social. Bien ejecutada, reduce costos, baja la fricción para producir y formalizar, hace más amable el acceso a servicios y crea un entorno donde confiar resulta más racional.

La idea final de la entrevista condensa el espíritu de los casos exitosos:

«El gobierno digital más eficaz es aquel que apenas se percibe; se refleja en la vida cotidiana con menos colas, menos incertidumbre y más respuestas. Cuando la ciudadanía deja de ‘pelear’ con el Estado para resolver lo elemental, el país recupera energía para enfocarse en lo que realmente importa».

Por Carlos Rodríguez